Cuando pienso en la prehistoria en Euskadi siempre me viene a la cabeza el yacimiento arqueológico de Lezetxiki en Mondragón. Un lugar con cierto halo de misterio, morada de lamías, refugio de osos y abrigo rocoso para humanos.

El yacimiento de Lezetxiki es uno de los lugares más hermosos de la anteiglesia de Garagarza. Está formado por un conjunto de cavidades creadas por la erosión de la regata de Bostate y ha sido centro de estudio desde hace casi 100 años.

En 1927, el afamado etnógrafo y sacerdote vasco Jose Miguel Barandiaran comenzó sus excavaciones en allí, junto a su amigo, el mondragonés Justo de Jauregui. Pero, como tantas otras cosas, la Guerra Civil detuvo las investigaciones, que no pudieron ser retomadas hasta 1956. Las investigaciones de Barandiaran se extendieron hasta 1968.

Consciente de su valor, el arqueólogo Álvaro Arrizabalaga, decidió retomar los trabajos arqueológicos de Lezetxiki en 1996 y, aunque hace unos años ya no se excava allí, todo el proceso sigue en el laboratorio del departamento de Prehistoria de la UPV-EHU. En esta nueva investigación, Arrizabalaga quería situar en un contexto actualizado un yacimiento histórico como el de Mondragón.

He de admitir que me encanta realizar visitas guiadas a Lezetxiki. En ellas narro varias cosas ligadas a la evolución del paisaje, del clima y sobre todo, a la evolución humana y el desarrollo tecnológico y artístico de las tres especies que han dejado su impronta en este escarpado entorno del barrio de Garagartza, los heildebergensis, los neanderthal y nosotros, los homo sapiens.

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